Los ciudadanos en todo el mundo estamos viendo cómo la pandemia del Covid-19 nos plantea modificar, en tiempo récord, la forma en que realizamos muchas de nuestras actividades diarias para seguir funcionando en un contexto que plantea diversos retos. Uno de ellos es qué hacer con el dinero para seguir realizando pagos y compras de bienes de primera necesidad, como alimentos o productos farmacéuticos.

En países como los europeos, donde el contagio es mayor dada la evolución del virus, el consumo vía online y el pago con tarjeta parece ser lo más sencillo, sin embargo, en regiones como América Latina donde la inclusión financiera todavía está muy rezagada, el asunto es todavía más complicado. Aunque el uso de efectivo parece ser la clave, ¿es seguro tocar monedas y billetes que han ido pasando de mano en mano?

El principal inconveniente del intercambio de billetes y monedas, así como del uso de tarjetas bancarias en comercios físicos es el contagio del virus. Ante este panorama, China lleva semanas desinfectando el efectivo con tratamientos de calor o ultravioletas para ayudar a frenar la propagación del virus y en Hungría, el Banco Nacional puso en “cuarentena” a los billetes que circulan por el país.

Sin embargo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) indica que el problema no radica en el uso de dinero en efectivo en sí, sino en no lavarse las manos después y llevarse las manos a la boca, ojos o nariz. Lo mismo sucede al tocar una terminal para introducir un código PIN o no desinfectar un móvil con regularidad. Por ello, recomienda que, en la medida de lo posible, se prioricen las tarjetas ‘contactless’ y lavarse muy bien las manos tras manipular efectivo.

En el contexto actual, al parecer, al igual que en otras regiones, en América Latina, lo más conveniente es mantener un balance: un uso prudente de las tarjetas de crédito, priorizar las transacciones en línea y mantener un colchón en efectivo para emergencias, así como seguir las normas de higiene previstas para evitar el contagio.

Al parecer en la región, donde fuera de Chile (55%) la penetración de las tarjetas de crédito oscila entre el 25% y 30%, en las economías más grandes de América Latina solo unos cuantos tendrán la oportunidad de optar por este balance y una gran mayoría, que incluye a personas de la tercera edad, habitantes de zonas rurales apartadas, jóvenes sin una nómina y un gran número de transacciones en efectivo dentro del comercio informal, tendrán que seguir haciendo uso del efectivo, sí o sí.

Hoy, contar con una infraestructura óptima para lograr una mayor inclusión financiera más que un reto, se ha convertido en una necesidad. Por ello, se vuelve aún más necesario la creación de una infraestructura adecuada para la incorporación de nuevas tecnologías en los métodos de pago para los consumidores latinoamericanos, como lo hacen ya más de 200 países alrededor del mundo.

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